4 de octubre de 2007

Patinir y la invención del paisaje


Siglo XV, Países Bajos. La Edad Media esta dando paso al Renacimiento.

Economicamente, las cosas van a mejor. En Amberes existe una gran demanda de pinturas, especialmente de pinturas de temática religiosa. Se abren numerosos talleres en los que trabajan un buen numero de pintores a sueldo.

Curiosamente, muchos de ellos se especializan en temas concretos. Unos pintan figuras, otros interiores, otros paisajes... Todos trabajan coordinados para producir obras de calidad para clientes exigentes.

En años posteriores, los grandes artistas se dedicaran a pintar o incluso esbozar las figuras humanas y retratos de sus cuadros. Los fondos, los paisajes, los edificios, los vestidos o la decoración de paredes sera responsabilidad de los pintores de su taller. Y sin embargo, con Patinir ocurre al contrario.

Patinir se especializa en paisajes. Innova donde otros solo vieron confusos fondos de acompañamiento. Donde otros vieron algo accesorio, Patinir inventa una nueva interpretación del arte. Patinir inventa el paisaje. Y no un paisaje cualquiera.

El belga se esfuerza y, mas allá del simbolismo asociado a cada detalle de las obras de arte de la época, incluye en sus cuadros animales totalmente reconocibles. Un herrerillo, tritones, garzas... Pero también flora. No llega al detalle de los asombrosos "trozos de hierba" de Durero, pero si se ocupa de ser ciertamente fiel a la flora asociada a cada paisaje.

Pero los detalles forman parte de un todo. Ese todo son los magníficos y coloridos paisajes en los que se enmarcan las escenas bíblicas o mitológicas tan de moda en su época. Muchas de ellas a un tamaño tan reducido que se pierden en el escenario o escenarios de la obra.

Quedan pocos días para poder ver la sorprendente exposición que sobre Joaquim Patinir se expone en el Museo del Prado. El público en general no conoce a Patinir (yo me incluyo). Quizá por ello, gusta más esta exposición, que reúne 22 de los 29 cuadros que firmó el artista en su época.

29 cuadros es una cifra ínfima comparada con la de otros grandes maestros de la pintura. El esfuerzo del Prado en presentar casi toda la obra de Patinir es encomiable y, además, permite entrar en un mundo poblado de espectaculares paisajes, de vivos colores, de figuras que pasan desapercibidas aún cuando protagonizan el lienzo.

Permite además disfutar de multitud de detalles que asombrarán al conocedor de la flora y la fauna del continente.

La exposición cuenta con obras tan famosas como las aquí expuestas (El paso de la Laguna Estigia, Paisaje con San Jerónimo y Paisaje con San Cristóbal) pero también con numerosos lienzos traídos de todas partes del mundo que dejan maravillado al visitante, como debieron dejar maravillados a clientes y pintores de la época, que continuaron la senda iniciada por Patinir llevando al paisaje a las cotas más altas del arte.

Un camino que inició Patinir en 1515 (falleció en 1524) y al que Durero no dudó en presentar como "el buen pintor de paisajes".